COMPRANDO UNA FOBIA
Yo vivía en un departamento en el centro norte de la ciudad. Era una pieza chica, pero para mí solo estaba bien. Tenía sus peculiaridades, era como un corredor ancho transformado en una pequeña suite. Había una sala pequeña en la que improvise un muy artesanal estudio para hacer fotografía; tenía una bodega, este es un punto importante de esta historia, que se formaba debajo de las escaleras del departamento del piso superior y ahí guardaba todo lo que me estorbaba; que eran realmente muchas cosas, pero uno en la vida esta para guardar cosas estúpidas e inútiles. La ducha y el retrete estaban al lado de la cocina, en un mismo espacio y había que atravesar ambas para llegar a la habitación en la que apenas entraba una cama.
Yo vivía el grado más decadente de mi soltería: hombre joven, estudiante, solo y ansioso. Además el hueco, como lo llamaba yo, se encontraba peligrosamente situado cerca de la universidad en que estudiaba por lo cual siempre que alguien quería ir a beber timbraba mi puerta, y yo nunca desperdiciaba la oportunidad de socializar un poco. Por este motivo me pasé casi los dos años que viví allí en una completa borrachera sazonada con variados estados de drogas psicotrópicas. Yo ya ni preguntaba quien entraba, a veces venían personas que jamás había conocido. Me decían que tal o cual persona les habían dicho que vengan, o sencillamente, no decían nada, a mí de todas maneras no me importaba. Mi casa se convirtió en un bar. Debí seriamente haber considerado cobrar entrada o vender yo mismo el trago, me hubiese hecho muy buen dinero. Pero me conformé acostándome con cuanta mujer alcoholizada pude, nunca en mi vida mi vida sexual fue más activa. En eso, mi pequeña habitación fue muy útil, porque cuando alguna chica ya no quería estar en el revoltijo de mi sala atravesábamos mi cocina-baño y en la habitación no había otro lugar que estar que en la cama, eso de alguna manera me ahorraba ciertos pasos en el cortejo, y no sé que tenía ese diminuto cuarto que hacia que todas las chicas aflojen sus encantos.
Una noche después de una de las habituales parrandas, tuve un sueño muy vívido: soñé que era una mujer joven y gorda que trabajaba en una especie de tienda en la cual mis compañeras de trabajo, todas gordas como yo, se dedicaban a robar los productos de los estantes, yo no me atrevía a robar nada. El sueño era muy cinematográfico, había planos generales, primeros planos, dollys; incluso una de mis compañeras de trabajo era japonesa, y no lo puedo decir con seguridad, pero creo que cuando hablaba tenía subtítulos al español. La dueña del local era una mujer mayor muy arrugada, ella abrió unas grandes puertas de madera y me mandó adentro, luego cerró las puertas detrás de mí. El lugar era un gran baño de azulejos celestes con muchas tinas en las que se bañaban desnudos un montón de hombres obesos, y mi trabajo era separar con unas pinzas unos cotonetes de oídos que estaban en una gigantesca lavacara e irlos entregando a los bañistas, solamente tres para cada uno. A mí me sorprendía tanto sus cuerpos desproporcionados y los observaba morbosamente, realmente disfrutaba estar ahí. Uno de los hombres me dijo que el agua estaba muy caliente y no supe que responderle, le sonreí. De repente alguien golpeaba la puerta de madera fuertemente, era la dueña del local que me decía que abra, que ya era hora de que entren las mujeres a bañarse; intenté abrir la puerta pero esta no se abría, tenía el seguro trabado y yo a pesar de mi esfuerzo no podía hacer nada al respecto, los bañistas empezaron a observarme fijamente y a ponerse nerviosos. La vieja seguía golpeando, cada vez más fuerte. Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. Me desperté desilusionado de no haber podido ver a las gordas desnudas que debieron entrar, me demoré un par de segundos en darme cuenta que ya estaba despierto y volví a escuchar el Toc, toc. Me asusté y al mismo tiempo sentí la resaca en mi boca. Toc, toc de nuevo. ¿Qué chuchas? me pregunté. Después de agudizar el oído me di cuenta de que el sonido venía desde debajo de mi cama; sin levantarme baje la cabeza para ver lo que sucedía y ahí estaba yo frente a frente con una gigantesca rata, casi de mi porte, que movía una lata de atún que se había robado de mi basura. Por un momento la rata me miró directo a los ojos y luego, como si yo no existiese, siguió campante su tarea de sacarle provecho a mis sobras; yo en cambio de un brinco me paré sobre la cama, me asuste muchísimo y mi corazón latía a toda madre. Salté hacia la cocina y agarré la escoba, no tenía un plan para atraparla, sólo quería que salga de mi habitación. Fui al cuarto y la intenté golpear, la rata salió corriendo y se metió en la bodega. Yo la perseguí hasta ahí y vi el centenar de cosas que había en esa bodega y pensé que me demoraría por lo menos un par de días en mover todo ese desorden. También recordé un instante de mi niñez: junto con mis primos, en la casa de mis abuelos, habíamos encontrado un nido de rata; recuerdo que mi primo movió un viejo escritorio y de un hueco en la pared salieron por lo menos una docena de pequeños ratones, matamos a casi todos y fue divertido. Ahora esa idea me parecía repugnante. Decidí definitivamente no mover nada.
Ordené un poco el desorden que había hecho la rata en la cocina, levanté la basura y me di cuenta que el tacho de mis desperdicios estaba ahí, en un rincón, sin nada que lo protegiera de la rata, ni siquiera tenía una tapa. Eché un vistazo a todo el departamento y era un asco, vivía en la inmundicia: todo estaba desordenado y sucio, había botellas y ceniceros por todo el lugar, restos de comida y platos sucios que llevaban semanas ahí. El tener una casa-bar había traído sus consecuencias. Pensé: esto es mi vida.
Salí y compré desinfectante, un poco de madera y tornillos; también compré veneno y queso. Al regresar sentí como se movía la rata en la bodega. Limpié todo, no pude sacar la basura porque el camión que la recogía no pasaría hasta miércoles y era domingo. Pero hice unos arreglos al lugar y pude construir un estante debajo del lavabo para guardar el tacho de la basura, me demoré en eso todo el día. Luego corté el queso en pequeños cuadrados y les introduje esas pequeñas pastillitas azules de veneno y los dejé regados por todo el piso de la cocina. Me fui a dormir; por la noche sentí como la rata pasó por mis pies, creo que por instinto la alcancé a patear y cayó al piso. Me levanté y la ví correr nuevamente hacia la bodega. Asqueado salí de mi habitación y cambié las sábanas. En la cocina vi que ya no estaba el queso con el veneno. Eso me consoló un poco, pero de todas maneras no pude volverme a dormir. Al día siguiente tuve muchos compromisos y me alegré mucho de no tener que pasar el día en casa. Cuando regresé por la noche volví a dejar queso envenenado en la cocina, todavía más tenía que alimentar al monstruo ese. Me acosté y en la mañana volví a despertarme con un ruido debajo de mi cama. Era ella nuevamente, esta vez con una tuza de choclo. La muy hija de puta había convertido mi cuarto en su comedor. La asusté y ella corrió hacia la bodega en una rutina que ya se me estaba haciendo familiar. No había respeto. En la cocina mi nuevo estante de la basura tenía roído un hueco de unos cincuenta centímetros, parecía que hasta había disfrutado haciéndolo. ¿Por qué ese puto veneno no servía? Pasé un par de semanas más con encuentros continuos con la rata. Intentaba atacarla cada vez que la veía pero ella era muy rápida y yo muy cobarde. Finalmente decidí irme de ese repugnante lugar y pasé una semana y media viviendo en casas de mis amigos, no quería regresar; se lo dejaba todo, incluso una gran montaña de veneno que dejé en la bodega. Había empezado mi fobia. Todas las noches soñaba con ratas y ratones. Entraba en pánico cada vez que pensaba que tendría que dormir nuevamente en ese departamento. Y cuando iba a recoger algo de ropa me temblaban las piernas y se me aceleraba el pulso al sentirla detrás de la puerta de la bodega.
Fue Raúl quien me convenció de que no podía dejar que un animal me quitara mi casa, tal vez porque se cansó de que viva con él, tal vez porque quería recuperar su cantina y no veía en mí ninguna intensión de regresar a ella. Así que formamos una tropa de asalto con mis amigos más cercanos: Raúl, Pablo, Gustavo y Dayana. Nos armamos de palos, palas y escobas y fuimos a cazar a la rata. Yo me moría de miedo mientras íbamos retirando los escombros de mi bodega, cuanta basura guardaba ahí. Puse música punkera a todo volumen para crear ambiente adecuado. De repente mi indeseada huésped salió de su escondite y comenzaron los gritos: ¡Ahí está! ¡Pégale, pégale! ¡Ay! ¡Uy! ¡Acá, acá! Se escondió bajo el refrigerador, lo movimos y nuevamente el correteo y los gritos. Nos ubicamos en puntos estratégicos para acorralarla. Yo intentaba mantenerme lo más alejado de la acción, pero la condenada vino corriendo hacia mí y la pateé haciéndola volar un par de metros. Quedó aturdida y Gustavo pudo atraparla entre la pared y la escoba. Todos vimos su cara asustada y hasta un poco tierna. Yo le pasé un martillo a Gustavo y empecé a gritar descontroladamente ¡Mátala, mátala ya! ¡Dale, dale… mátala, mátala ya! Y la música a todo volumen: Charam, charam… charam, charam. Dayana comenzó a gritar también: ¡No la mates, no, pobrecita, no la mates! Y Raúl, Pablo y yo: ¡Mátala, mátala! Bueno: y no se si fue porque Gustavo no tuvo el valor de aplastarle la cabeza con el martillo, o porque Dayana insistió mucho en perdonarle la vida, o porque yo no quería recoger sesos de rata de mi alfombra que a la final Gustavo no la mató. Buscamos una caja y la metimos ahí. Subimos al carro y la fuimos a dejar un par kilómetros lejos de mi casa, en la puerta del garaje de un edificio en medio de una vía transitada, la hubiésemos dejado más lejos pero yo no podía soportar la idea de estar en un carro tan cerca de la rata y les hice parar lo antes posible. Bajamos, la sacaron de la caja y Dayana incluso dejó una zanahoria a su lado. Nos vimos ella y yo por última vez, me miró con unos ojos de enojo, miedo y agradecimiento todo en la misma mirada. Yo solo le deseé que la atropelle un carro, dos semanas después me mudé de ese hueco de mierda.
Yo vivía el grado más decadente de mi soltería: hombre joven, estudiante, solo y ansioso. Además el hueco, como lo llamaba yo, se encontraba peligrosamente situado cerca de la universidad en que estudiaba por lo cual siempre que alguien quería ir a beber timbraba mi puerta, y yo nunca desperdiciaba la oportunidad de socializar un poco. Por este motivo me pasé casi los dos años que viví allí en una completa borrachera sazonada con variados estados de drogas psicotrópicas. Yo ya ni preguntaba quien entraba, a veces venían personas que jamás había conocido. Me decían que tal o cual persona les habían dicho que vengan, o sencillamente, no decían nada, a mí de todas maneras no me importaba. Mi casa se convirtió en un bar. Debí seriamente haber considerado cobrar entrada o vender yo mismo el trago, me hubiese hecho muy buen dinero. Pero me conformé acostándome con cuanta mujer alcoholizada pude, nunca en mi vida mi vida sexual fue más activa. En eso, mi pequeña habitación fue muy útil, porque cuando alguna chica ya no quería estar en el revoltijo de mi sala atravesábamos mi cocina-baño y en la habitación no había otro lugar que estar que en la cama, eso de alguna manera me ahorraba ciertos pasos en el cortejo, y no sé que tenía ese diminuto cuarto que hacia que todas las chicas aflojen sus encantos.
Una noche después de una de las habituales parrandas, tuve un sueño muy vívido: soñé que era una mujer joven y gorda que trabajaba en una especie de tienda en la cual mis compañeras de trabajo, todas gordas como yo, se dedicaban a robar los productos de los estantes, yo no me atrevía a robar nada. El sueño era muy cinematográfico, había planos generales, primeros planos, dollys; incluso una de mis compañeras de trabajo era japonesa, y no lo puedo decir con seguridad, pero creo que cuando hablaba tenía subtítulos al español. La dueña del local era una mujer mayor muy arrugada, ella abrió unas grandes puertas de madera y me mandó adentro, luego cerró las puertas detrás de mí. El lugar era un gran baño de azulejos celestes con muchas tinas en las que se bañaban desnudos un montón de hombres obesos, y mi trabajo era separar con unas pinzas unos cotonetes de oídos que estaban en una gigantesca lavacara e irlos entregando a los bañistas, solamente tres para cada uno. A mí me sorprendía tanto sus cuerpos desproporcionados y los observaba morbosamente, realmente disfrutaba estar ahí. Uno de los hombres me dijo que el agua estaba muy caliente y no supe que responderle, le sonreí. De repente alguien golpeaba la puerta de madera fuertemente, era la dueña del local que me decía que abra, que ya era hora de que entren las mujeres a bañarse; intenté abrir la puerta pero esta no se abría, tenía el seguro trabado y yo a pesar de mi esfuerzo no podía hacer nada al respecto, los bañistas empezaron a observarme fijamente y a ponerse nerviosos. La vieja seguía golpeando, cada vez más fuerte. Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. Me desperté desilusionado de no haber podido ver a las gordas desnudas que debieron entrar, me demoré un par de segundos en darme cuenta que ya estaba despierto y volví a escuchar el Toc, toc. Me asusté y al mismo tiempo sentí la resaca en mi boca. Toc, toc de nuevo. ¿Qué chuchas? me pregunté. Después de agudizar el oído me di cuenta de que el sonido venía desde debajo de mi cama; sin levantarme baje la cabeza para ver lo que sucedía y ahí estaba yo frente a frente con una gigantesca rata, casi de mi porte, que movía una lata de atún que se había robado de mi basura. Por un momento la rata me miró directo a los ojos y luego, como si yo no existiese, siguió campante su tarea de sacarle provecho a mis sobras; yo en cambio de un brinco me paré sobre la cama, me asuste muchísimo y mi corazón latía a toda madre. Salté hacia la cocina y agarré la escoba, no tenía un plan para atraparla, sólo quería que salga de mi habitación. Fui al cuarto y la intenté golpear, la rata salió corriendo y se metió en la bodega. Yo la perseguí hasta ahí y vi el centenar de cosas que había en esa bodega y pensé que me demoraría por lo menos un par de días en mover todo ese desorden. También recordé un instante de mi niñez: junto con mis primos, en la casa de mis abuelos, habíamos encontrado un nido de rata; recuerdo que mi primo movió un viejo escritorio y de un hueco en la pared salieron por lo menos una docena de pequeños ratones, matamos a casi todos y fue divertido. Ahora esa idea me parecía repugnante. Decidí definitivamente no mover nada.
Ordené un poco el desorden que había hecho la rata en la cocina, levanté la basura y me di cuenta que el tacho de mis desperdicios estaba ahí, en un rincón, sin nada que lo protegiera de la rata, ni siquiera tenía una tapa. Eché un vistazo a todo el departamento y era un asco, vivía en la inmundicia: todo estaba desordenado y sucio, había botellas y ceniceros por todo el lugar, restos de comida y platos sucios que llevaban semanas ahí. El tener una casa-bar había traído sus consecuencias. Pensé: esto es mi vida.
Salí y compré desinfectante, un poco de madera y tornillos; también compré veneno y queso. Al regresar sentí como se movía la rata en la bodega. Limpié todo, no pude sacar la basura porque el camión que la recogía no pasaría hasta miércoles y era domingo. Pero hice unos arreglos al lugar y pude construir un estante debajo del lavabo para guardar el tacho de la basura, me demoré en eso todo el día. Luego corté el queso en pequeños cuadrados y les introduje esas pequeñas pastillitas azules de veneno y los dejé regados por todo el piso de la cocina. Me fui a dormir; por la noche sentí como la rata pasó por mis pies, creo que por instinto la alcancé a patear y cayó al piso. Me levanté y la ví correr nuevamente hacia la bodega. Asqueado salí de mi habitación y cambié las sábanas. En la cocina vi que ya no estaba el queso con el veneno. Eso me consoló un poco, pero de todas maneras no pude volverme a dormir. Al día siguiente tuve muchos compromisos y me alegré mucho de no tener que pasar el día en casa. Cuando regresé por la noche volví a dejar queso envenenado en la cocina, todavía más tenía que alimentar al monstruo ese. Me acosté y en la mañana volví a despertarme con un ruido debajo de mi cama. Era ella nuevamente, esta vez con una tuza de choclo. La muy hija de puta había convertido mi cuarto en su comedor. La asusté y ella corrió hacia la bodega en una rutina que ya se me estaba haciendo familiar. No había respeto. En la cocina mi nuevo estante de la basura tenía roído un hueco de unos cincuenta centímetros, parecía que hasta había disfrutado haciéndolo. ¿Por qué ese puto veneno no servía? Pasé un par de semanas más con encuentros continuos con la rata. Intentaba atacarla cada vez que la veía pero ella era muy rápida y yo muy cobarde. Finalmente decidí irme de ese repugnante lugar y pasé una semana y media viviendo en casas de mis amigos, no quería regresar; se lo dejaba todo, incluso una gran montaña de veneno que dejé en la bodega. Había empezado mi fobia. Todas las noches soñaba con ratas y ratones. Entraba en pánico cada vez que pensaba que tendría que dormir nuevamente en ese departamento. Y cuando iba a recoger algo de ropa me temblaban las piernas y se me aceleraba el pulso al sentirla detrás de la puerta de la bodega.
Fue Raúl quien me convenció de que no podía dejar que un animal me quitara mi casa, tal vez porque se cansó de que viva con él, tal vez porque quería recuperar su cantina y no veía en mí ninguna intensión de regresar a ella. Así que formamos una tropa de asalto con mis amigos más cercanos: Raúl, Pablo, Gustavo y Dayana. Nos armamos de palos, palas y escobas y fuimos a cazar a la rata. Yo me moría de miedo mientras íbamos retirando los escombros de mi bodega, cuanta basura guardaba ahí. Puse música punkera a todo volumen para crear ambiente adecuado. De repente mi indeseada huésped salió de su escondite y comenzaron los gritos: ¡Ahí está! ¡Pégale, pégale! ¡Ay! ¡Uy! ¡Acá, acá! Se escondió bajo el refrigerador, lo movimos y nuevamente el correteo y los gritos. Nos ubicamos en puntos estratégicos para acorralarla. Yo intentaba mantenerme lo más alejado de la acción, pero la condenada vino corriendo hacia mí y la pateé haciéndola volar un par de metros. Quedó aturdida y Gustavo pudo atraparla entre la pared y la escoba. Todos vimos su cara asustada y hasta un poco tierna. Yo le pasé un martillo a Gustavo y empecé a gritar descontroladamente ¡Mátala, mátala ya! ¡Dale, dale… mátala, mátala ya! Y la música a todo volumen: Charam, charam… charam, charam. Dayana comenzó a gritar también: ¡No la mates, no, pobrecita, no la mates! Y Raúl, Pablo y yo: ¡Mátala, mátala! Bueno: y no se si fue porque Gustavo no tuvo el valor de aplastarle la cabeza con el martillo, o porque Dayana insistió mucho en perdonarle la vida, o porque yo no quería recoger sesos de rata de mi alfombra que a la final Gustavo no la mató. Buscamos una caja y la metimos ahí. Subimos al carro y la fuimos a dejar un par kilómetros lejos de mi casa, en la puerta del garaje de un edificio en medio de una vía transitada, la hubiésemos dejado más lejos pero yo no podía soportar la idea de estar en un carro tan cerca de la rata y les hice parar lo antes posible. Bajamos, la sacaron de la caja y Dayana incluso dejó una zanahoria a su lado. Nos vimos ella y yo por última vez, me miró con unos ojos de enojo, miedo y agradecimiento todo en la misma mirada. Yo solo le deseé que la atropelle un carro, dos semanas después me mudé de ese hueco de mierda.
PROBANDO TU FIDELIDAD
Cuando era niño un amigo de mi padre nos regaló un perro, recuerdo bien cuando lo fuimos a recoger, qué bello animal, un pastor alemán gigante, tenía una cabeza más grande que la mía. A todos nos sorprendió sus antecedentes familiares, era alemán no solo de raza sino de nacimiento, hijo de campeones, estudiado en el extranjero; por eso las órdenes que recibía se le daban eran en alemán: sit, y el perro se sentaba, hand, y el perro te daba la pata. El amigo de mi padre tenía que salir del país, si no jamás se hubiese separado de tan magnífico animal, y el viaje de ese desconocido me convertía en ese momento en el niño más feliz de la tierra. Duffy, era el nombre del perro y yo lo abracé durante todo el regreso a casa.
Aceptamos el perro maravillados y él nos aceptó resignado, supongo, pero nos aceptó. Nuestra casa no estaba acostumbrada a tratar a un animal con clase. No había comida costosa, ni duchas continuas, ni productos caninos, por suerte teníamos un gran patio. El perro perdió su buena pinta en menos de tres meses, en especial por la comida, se le daba una sopa de harina en donde hervían un par de huesos de vaca. Se podía notar a leguas que el perro solo comía esa porquería para no morirse de hambre. La pasó muy mal el pobre, por lo menos mi hermana y yo sí le prestábamos atención y jugábamos con él, por lo cual el perro nos quiso mucho.
El perro era muy manso con las personas, nunca atacó a nadie, pero con perros y otros animales era un completo desquiciado, los atacaba inmediatamente, su anterior dueño por este motivo le había limado los dientes. Esta extrema violencia agregada en la personalidad de nuestro querido Duffy nos trajo muchísimas historias.: atacó a gatos, perros pequeños y grandes, cerdos, gallinas y cualquier cosa que se encontraba. Siempre se peleaba con el doberman del vecino; cada vez que abrimos la puerta el perro salía corriendo y no había alemán que lo detenga, iba hacia la puerta del garaje de la casa de frente y en el espacio de unos quince centímetros, que había entre el piso y la base de la puerta, los dos perros intercambiaban mordiscos. Un día Duffy logró atrapar de un bocado todo el hocico del doberman, como si fuera una trampa para oso, el perro no podía abrir su boca ni defenderse, Duffy no lo soltó por nada, empezó a jalarlo hacia fuera con tal furia que logro que toda la cabeza del otro perro, que también era muy grande, pase por esos quince centímetros y el doberman quedó atrapado con la cabeza en la acera y el cuerpo en el casa. Al vecino le tocó levantar toda esa gran puerta metálica para liberar a su can. Sin duda mi perro, a pesar de su raquítica apariencia y la sarna que ya había adquirido, era el duro del barrio. Y a mí me encantaba, me daba muchísima seguridad pasear por ahí con él. Nadie me jodia, yo vivía en el valle, con muchos potreros en donde había pandillas de perros que me tenían restringido el paso en bicicleta a ciertas calles, me intentaban morder al pasar y en ciertas ocasiones lo habían conseguido, yo era pequeño, era un niño. Y ahora pasara por donde pasara tenía algo de maloliente y sarnoso respeto. Ay, ese perro era lo mejor.
Una vez por ahí jugando a los exploradores con mi padre, mi hermana y el perro hicimos una larga excursión, llegamos a un río y sin pensarlo mucho lo cruzamos, la corriente era algo más caudalosa de lo que esperábamos, y el río empezó a arrastrarnos a todos. A mi padre le costaba mucho sujetarnos a mi hermana y a mí, sentimos miedo; y de repente el perro en un despliegue similar a cualquier Lassie nadó hacia la otra orilla y desde ahí nos intentó sacar. Recuerdo muy bien la gentileza que uso en su hocico mientras me mordía el brazo y me jalaba fuera del río. Ese día el perro comió bien. Todos nos quedamos muy sorprendidos. Esa noche, en cama, pensé mucho en por qué nos entregaba su fidelidad, seguramente no era la comida. También pensé mucho en sus dientes limados, ¿si no hubiesen estado limados talvez me hubiese lastimado al ayudarme? Salí al patio, vi al can dormido y le levanté el hocico para ver sus dientes y sus negras encías, era una bonita y silenciosa noche.A mi hermana y a mí se nos quedó mucho en la cabeza la idea de nuestro heroico can y en nuestra siguiente salida fuimos con todo y perro a la piscina. Y ya estando en el agua mi hermana y yo nos percatamos de lo nervioso que se había puesto Duffy, nos veía desde la orilla de la piscina preocupado, hacia extraños quejidos, pensaba que nuevamente nos íbamos a ahogar. Cada vez que nos sumergíamos el perro se ponía más tenso, ladraba, se quería lanzar al agua, pero no se atrevía, quería sujetarnos pero estábamos demasiado lejos de la orilla, al ver su desconsuelo, mi hermana y yo iniciamos un morboso juego, empezamos a fingir que nos ahogábamos, queríamos probar su fidelidad, queríamos saber si era capaz de lazarse al agua por salvarnos nuevamente. Les deberían hacer algo a gente como nosotros. Después de dudarlo y llorar, el perro se lanzó a la piscina. Ni bien cayó al agua se pudo ver cómo de él se desprendía mugre y muchos puntitos negros que huían y saltaban hacia la orilla. Hubo conmoción en el lugar, a mi hermana y a mí nos retaron y el perro salió de la piscina mojado y humillado.
Duffy no se lo tomó a mal, siguió con su amor incondicional a nuestra familia, a pesar de que cada vez estaba más flaco y se le estaba olvidando el alemán. Un día regresando del colegio lo vi muerto en la acera. Luego nos enteramos que había intentado atacar un vaca, la había lastimado en el muslo, el dueño de la vaca lo mató… Es más fácil cuando te aman bien.
Aceptamos el perro maravillados y él nos aceptó resignado, supongo, pero nos aceptó. Nuestra casa no estaba acostumbrada a tratar a un animal con clase. No había comida costosa, ni duchas continuas, ni productos caninos, por suerte teníamos un gran patio. El perro perdió su buena pinta en menos de tres meses, en especial por la comida, se le daba una sopa de harina en donde hervían un par de huesos de vaca. Se podía notar a leguas que el perro solo comía esa porquería para no morirse de hambre. La pasó muy mal el pobre, por lo menos mi hermana y yo sí le prestábamos atención y jugábamos con él, por lo cual el perro nos quiso mucho.
El perro era muy manso con las personas, nunca atacó a nadie, pero con perros y otros animales era un completo desquiciado, los atacaba inmediatamente, su anterior dueño por este motivo le había limado los dientes. Esta extrema violencia agregada en la personalidad de nuestro querido Duffy nos trajo muchísimas historias.: atacó a gatos, perros pequeños y grandes, cerdos, gallinas y cualquier cosa que se encontraba. Siempre se peleaba con el doberman del vecino; cada vez que abrimos la puerta el perro salía corriendo y no había alemán que lo detenga, iba hacia la puerta del garaje de la casa de frente y en el espacio de unos quince centímetros, que había entre el piso y la base de la puerta, los dos perros intercambiaban mordiscos. Un día Duffy logró atrapar de un bocado todo el hocico del doberman, como si fuera una trampa para oso, el perro no podía abrir su boca ni defenderse, Duffy no lo soltó por nada, empezó a jalarlo hacia fuera con tal furia que logro que toda la cabeza del otro perro, que también era muy grande, pase por esos quince centímetros y el doberman quedó atrapado con la cabeza en la acera y el cuerpo en el casa. Al vecino le tocó levantar toda esa gran puerta metálica para liberar a su can. Sin duda mi perro, a pesar de su raquítica apariencia y la sarna que ya había adquirido, era el duro del barrio. Y a mí me encantaba, me daba muchísima seguridad pasear por ahí con él. Nadie me jodia, yo vivía en el valle, con muchos potreros en donde había pandillas de perros que me tenían restringido el paso en bicicleta a ciertas calles, me intentaban morder al pasar y en ciertas ocasiones lo habían conseguido, yo era pequeño, era un niño. Y ahora pasara por donde pasara tenía algo de maloliente y sarnoso respeto. Ay, ese perro era lo mejor.
Una vez por ahí jugando a los exploradores con mi padre, mi hermana y el perro hicimos una larga excursión, llegamos a un río y sin pensarlo mucho lo cruzamos, la corriente era algo más caudalosa de lo que esperábamos, y el río empezó a arrastrarnos a todos. A mi padre le costaba mucho sujetarnos a mi hermana y a mí, sentimos miedo; y de repente el perro en un despliegue similar a cualquier Lassie nadó hacia la otra orilla y desde ahí nos intentó sacar. Recuerdo muy bien la gentileza que uso en su hocico mientras me mordía el brazo y me jalaba fuera del río. Ese día el perro comió bien. Todos nos quedamos muy sorprendidos. Esa noche, en cama, pensé mucho en por qué nos entregaba su fidelidad, seguramente no era la comida. También pensé mucho en sus dientes limados, ¿si no hubiesen estado limados talvez me hubiese lastimado al ayudarme? Salí al patio, vi al can dormido y le levanté el hocico para ver sus dientes y sus negras encías, era una bonita y silenciosa noche.A mi hermana y a mí se nos quedó mucho en la cabeza la idea de nuestro heroico can y en nuestra siguiente salida fuimos con todo y perro a la piscina. Y ya estando en el agua mi hermana y yo nos percatamos de lo nervioso que se había puesto Duffy, nos veía desde la orilla de la piscina preocupado, hacia extraños quejidos, pensaba que nuevamente nos íbamos a ahogar. Cada vez que nos sumergíamos el perro se ponía más tenso, ladraba, se quería lanzar al agua, pero no se atrevía, quería sujetarnos pero estábamos demasiado lejos de la orilla, al ver su desconsuelo, mi hermana y yo iniciamos un morboso juego, empezamos a fingir que nos ahogábamos, queríamos probar su fidelidad, queríamos saber si era capaz de lazarse al agua por salvarnos nuevamente. Les deberían hacer algo a gente como nosotros. Después de dudarlo y llorar, el perro se lanzó a la piscina. Ni bien cayó al agua se pudo ver cómo de él se desprendía mugre y muchos puntitos negros que huían y saltaban hacia la orilla. Hubo conmoción en el lugar, a mi hermana y a mí nos retaron y el perro salió de la piscina mojado y humillado.
Duffy no se lo tomó a mal, siguió con su amor incondicional a nuestra familia, a pesar de que cada vez estaba más flaco y se le estaba olvidando el alemán. Un día regresando del colegio lo vi muerto en la acera. Luego nos enteramos que había intentado atacar un vaca, la había lastimado en el muslo, el dueño de la vaca lo mató… Es más fácil cuando te aman bien.
CAPITÁN, CAPITÁN...
Lo siento mi capitán, hemos dejado de colgar los cadáveres en las plazas porque la gente no deja de follárselos.
TURISMO BASUQUERO
Un hombre camina sigiloso por la acera de una zona muy peligrosa. Está buscando alguien que le venda pasta base de cocaína; es para una chica que tiene esa adicción, y él quiere conquistarla. Él pretende impresionarla con la droga y tal vez lograr que se quede en su departamento toda la noche.
Al acercarse a una esquina se da cuenta de que hay una bruja que le puede ayudar con su objetivo. Con ella se encuentra una pareja de muy mal aspecto que intenta convencer a la proveedora del narcótico de que les fíe una porción de mercancía, a cambio de una bicicleta que la pareja trae consigo. La bruja, una mujer negra joven, conoce muy bien su negocio y no esta dispuesta a aflojarles ni una sola dosis a no ser que se le cancele en efectivo.
El hombre se detiene, observa a la distancia como acontece el regateo y cómo comienza la súplica. La bruja se enoja y la pareja se retira unos metros, no están dispuestos a perder tan fácilmente.
El hombre decide acercarse a la mujer negra, lo hace.
Bruja: ¿A ver qué busca papito? ¿Cómo se le ayuda?
Hombre: A ver. Doce déme.
Bruja: Ya papi, aquí le vamos a dar bien. Tenga, tenga, ¡Rápido! Coge.
La mujer saca de su bolsillo cuatro fundas de plástico y se las entrega, él le entrega el dinero y se aleja unos pasos. Piensa que no ha estado mal para ser la primera vez. Se aleja menos nervioso que hace unos pocos minutos. Está a punto de cruzar la calle. Se da cuenta de que el hombre que estaba con la mujer y la bicicleta se acerca a él con gran apuro y una increíble cara de ansiedad. El hombre, apurado, cruza la calle; el otro lo sigue.
Hombre de bicicleta: Para pana, para.
El hombre de la bicicleta lo intenta sujetar por el brazo, pero él se suelta con brusquedad y se sube en un bus que milagrosamente está pasando por ahí. No obstante el hombre de la bicicleta no quiere perder su presa y se sube al autobús tras él.
Hombre: Ayuda, me roban. ¡Me roban!.
Hombre de la bicicleta: Pasa, chucha, pasa.
El hombre de la bicicleta le rebusca los bolsillos ágilmente, el otro se defiende (tiene las fundas en la mano). El bus está lleno, todos miran lo que está pasando.
Chofer del Bus: A ver ¿Qué pasa? ¡ Puta!
Hombre: Este care verga me quiere robar. Suéltame, ya.
El controlador del bus se les acerca, el bus se detiene; el conductor se levanta de su asiento.
Controlador del bus: A ver a ver.
El hombre avanza en el bus, se coloca tras el controlador que es un hombre muy alto y robusto.
Hombre de la bicicleta: No pasa nada, no pasa nada. Vea yo soy del GIR. INTERPOL. Este hombre aquí tiene drogas. (intenta acercarse al bolsillo del hombre) Tiene que bajar conmigo.
Chofer del bus: ¿Qué vas a ser del GIR? ¿con esa cara?
El hombre de la bicicleta: Trabajo de encubierto.
Chofer del bus: Ya bájate, ¡bájate!
El hombre de la bicicleta, esquivando al controlador, se avalancha hacia el otro hombre, este llega hasta la parte posterior del bus. Hay un par de mujeres que gritan. Todos están muy pendientes de lo que sucede. Entre el controlador y el hombre perseguido logran sacar a empujones al hombre de la bicicleta por la puerta posterior del bus. Este, ya en la calle, se queda mirando a su adversario y le sonríe, intenta entrar de nuevo, no lo consigue. El bus arranca.
Una anciana: ¿Está bien? ¿Qué pasó?
Hombre: Me quería robar.
A la chica no le gustaba la pasta base, sólo consumía clorhidrato de cocaína. No se quedó a dormir.
Al acercarse a una esquina se da cuenta de que hay una bruja que le puede ayudar con su objetivo. Con ella se encuentra una pareja de muy mal aspecto que intenta convencer a la proveedora del narcótico de que les fíe una porción de mercancía, a cambio de una bicicleta que la pareja trae consigo. La bruja, una mujer negra joven, conoce muy bien su negocio y no esta dispuesta a aflojarles ni una sola dosis a no ser que se le cancele en efectivo.
El hombre se detiene, observa a la distancia como acontece el regateo y cómo comienza la súplica. La bruja se enoja y la pareja se retira unos metros, no están dispuestos a perder tan fácilmente.
El hombre decide acercarse a la mujer negra, lo hace.
Bruja: ¿A ver qué busca papito? ¿Cómo se le ayuda?
Hombre: A ver. Doce déme.
Bruja: Ya papi, aquí le vamos a dar bien. Tenga, tenga, ¡Rápido! Coge.
La mujer saca de su bolsillo cuatro fundas de plástico y se las entrega, él le entrega el dinero y se aleja unos pasos. Piensa que no ha estado mal para ser la primera vez. Se aleja menos nervioso que hace unos pocos minutos. Está a punto de cruzar la calle. Se da cuenta de que el hombre que estaba con la mujer y la bicicleta se acerca a él con gran apuro y una increíble cara de ansiedad. El hombre, apurado, cruza la calle; el otro lo sigue.
Hombre de bicicleta: Para pana, para.
El hombre de la bicicleta lo intenta sujetar por el brazo, pero él se suelta con brusquedad y se sube en un bus que milagrosamente está pasando por ahí. No obstante el hombre de la bicicleta no quiere perder su presa y se sube al autobús tras él.
Hombre: Ayuda, me roban. ¡Me roban!.
Hombre de la bicicleta: Pasa, chucha, pasa.
El hombre de la bicicleta le rebusca los bolsillos ágilmente, el otro se defiende (tiene las fundas en la mano). El bus está lleno, todos miran lo que está pasando.
Chofer del Bus: A ver ¿Qué pasa? ¡ Puta!
Hombre: Este care verga me quiere robar. Suéltame, ya.
El controlador del bus se les acerca, el bus se detiene; el conductor se levanta de su asiento.
Controlador del bus: A ver a ver.
El hombre avanza en el bus, se coloca tras el controlador que es un hombre muy alto y robusto.
Hombre de la bicicleta: No pasa nada, no pasa nada. Vea yo soy del GIR. INTERPOL. Este hombre aquí tiene drogas. (intenta acercarse al bolsillo del hombre) Tiene que bajar conmigo.
Chofer del bus: ¿Qué vas a ser del GIR? ¿con esa cara?
El hombre de la bicicleta: Trabajo de encubierto.
Chofer del bus: Ya bájate, ¡bájate!
El hombre de la bicicleta, esquivando al controlador, se avalancha hacia el otro hombre, este llega hasta la parte posterior del bus. Hay un par de mujeres que gritan. Todos están muy pendientes de lo que sucede. Entre el controlador y el hombre perseguido logran sacar a empujones al hombre de la bicicleta por la puerta posterior del bus. Este, ya en la calle, se queda mirando a su adversario y le sonríe, intenta entrar de nuevo, no lo consigue. El bus arranca.
Una anciana: ¿Está bien? ¿Qué pasó?
Hombre: Me quería robar.
A la chica no le gustaba la pasta base, sólo consumía clorhidrato de cocaína. No se quedó a dormir.
YO VOY A MATAR A ROBERTO BONAFONT
Mi tablita es bonita, grande pesada y liza, proviene de excelente madera, es mi amiga y es buena. Con ella asesinaré al locutor, es la mejor manera de utilizarla. Sacar provecho de las cosas simples es un don, y no cualquier don como mi vecino de arriba.
Esperaré a un partido de importancia, uno en el que la selección gane, si se da el caso, el caso del juzgado se dará después. Aguardando fuera del estadio estaré con mi tablita linda. Preparado para las entrevistas de celebración, y mientras el susodicho abogado pregunta sobre las proveniencias de los fanáticos, me acercaré sigiloso.
El cliché es fundamental, tiene que poetizar como yo no podré hacerlo jamás, tiene que alzar su mano en el aire y hacer un shuuum con sus labios. El momento adecuado será el éxito de la operación. Me acercaré descarado; avanzaré a empujones entre la masa y alzaré mi ennoblecida tablita azotando con todas mis fuerzas contra su cráneo. Requiere de un golpe sublime, no quisiera que sufra, además debido a la muchedumbre será muy difícil entablar un golpe de gracia, la gente lo defendería con su propio cuerpo, y a mí seguramente me lincharán, pero eso es lo de menos.
Puedo fantasear su inerte cuerpo en posición dificultosa sobre la acera, la sangre esparciéndose desde su cabeza y desde su efusiva boca, talvez un poco de sesos dejándose ver, morbosa huella de violencia.
Por supuesto debo aclarar que no odio de ninguna manera al abogado, si este fuese un acto de odio sería en contra del imbécil del Vito Muñoz, al cual detesto profundamente, pero él no merece el sacrificio. Este es un acto de amor, busco no más que la inmortalidad del queridísimo Roberto. Desgraciadamente no existen mejores maneras de convertir al personaje en leyenda, si esperamos a que se nos muera de viejo, caerá en el olvido, o peor aún, en la mediocridad de un héroe sin final adecuado.
La gente me odiará, si sigo vivo, y si la turba hizo conmigo, me odiarán igual. Pero la gloria del recuerdo caerá sobre el país. Sus comentarios se volverán palabras a repetir, y la recopilación de sus frases surgirán en los medios. Se llorará, se meditará. El deporte sentirá su ausencia y la trascendencia que intentó regalar al fútbol se trasladará de la cancha hacia su tumba.
Vida eterna al romanticismo. Viva Roberto Bonafont.
Esperaré a un partido de importancia, uno en el que la selección gane, si se da el caso, el caso del juzgado se dará después. Aguardando fuera del estadio estaré con mi tablita linda. Preparado para las entrevistas de celebración, y mientras el susodicho abogado pregunta sobre las proveniencias de los fanáticos, me acercaré sigiloso.
El cliché es fundamental, tiene que poetizar como yo no podré hacerlo jamás, tiene que alzar su mano en el aire y hacer un shuuum con sus labios. El momento adecuado será el éxito de la operación. Me acercaré descarado; avanzaré a empujones entre la masa y alzaré mi ennoblecida tablita azotando con todas mis fuerzas contra su cráneo. Requiere de un golpe sublime, no quisiera que sufra, además debido a la muchedumbre será muy difícil entablar un golpe de gracia, la gente lo defendería con su propio cuerpo, y a mí seguramente me lincharán, pero eso es lo de menos.
Puedo fantasear su inerte cuerpo en posición dificultosa sobre la acera, la sangre esparciéndose desde su cabeza y desde su efusiva boca, talvez un poco de sesos dejándose ver, morbosa huella de violencia.
Por supuesto debo aclarar que no odio de ninguna manera al abogado, si este fuese un acto de odio sería en contra del imbécil del Vito Muñoz, al cual detesto profundamente, pero él no merece el sacrificio. Este es un acto de amor, busco no más que la inmortalidad del queridísimo Roberto. Desgraciadamente no existen mejores maneras de convertir al personaje en leyenda, si esperamos a que se nos muera de viejo, caerá en el olvido, o peor aún, en la mediocridad de un héroe sin final adecuado.
La gente me odiará, si sigo vivo, y si la turba hizo conmigo, me odiarán igual. Pero la gloria del recuerdo caerá sobre el país. Sus comentarios se volverán palabras a repetir, y la recopilación de sus frases surgirán en los medios. Se llorará, se meditará. El deporte sentirá su ausencia y la trascendencia que intentó regalar al fútbol se trasladará de la cancha hacia su tumba.
Vida eterna al romanticismo. Viva Roberto Bonafont.
EL FINAL
Se inclinó, pasó la mano por su frente, sintió esa emoción fría, eléctrica que azotaba su espalda y se reventaba en su cerebro. Sus párpados cayeron y el vacío lo abrazó.
Luego de este largo período de tiempo que habrá durado medio segundo, la reacción de la conciencia: Mierda me atraparon. La cagué, todo se acabó.
Los demás personajes que se hallaban en el mismo espacio que él no pudieron percatarse de la magnitud de lo que aconteció. El momento en que el destino se presentó completamente distinto.
Lentamente y con temor abrió los ojos para ver cómo sería la vida después de ese momento.
Luego de este largo período de tiempo que habrá durado medio segundo, la reacción de la conciencia: Mierda me atraparon. La cagué, todo se acabó.
Los demás personajes que se hallaban en el mismo espacio que él no pudieron percatarse de la magnitud de lo que aconteció. El momento en que el destino se presentó completamente distinto.
Lentamente y con temor abrió los ojos para ver cómo sería la vida después de ese momento.