jueves 26 de agosto de 2010

COMPRANDO UNA FOBIA

Yo vivía en un departamento en el centro norte de la ciudad. Era una pieza chica, pero para mí solo estaba bien. Tenía sus peculiaridades, era como un corredor ancho transformado en una pequeña suite. Había una sala pequeña en la que improvise un muy artesanal estudio para hacer fotografía; tenía una bodega, este es un punto importante de esta historia, que se formaba debajo de las escaleras del departamento del piso superior y ahí guardaba todo lo que me estorbaba; que eran realmente muchas cosas, pero uno en la vida esta para guardar cosas estúpidas e inútiles. La ducha y el retrete estaban al lado de la cocina, en un mismo espacio y había que atravesar ambas para llegar a la habitación en la que apenas entraba una cama.
Yo vivía el grado más decadente de mi soltería: hombre joven, estudiante, solo y ansioso. Además el hueco, como lo llamaba yo, se encontraba peligrosamente situado cerca de la universidad en que estudiaba por lo cual siempre que alguien quería ir a beber timbraba mi puerta, y yo nunca desperdiciaba la oportunidad de socializar un poco. Por este motivo me pasé casi los dos años que viví allí en una completa borrachera sazonada con variados estados de drogas psicotrópicas. Yo ya ni preguntaba quien entraba, a veces venían personas que jamás había conocido. Me decían que tal o cual persona les habían dicho que vengan, o sencillamente, no decían nada, a mí de todas maneras no me importaba. Mi casa se convirtió en un bar. Debí seriamente haber considerado cobrar entrada o vender yo mismo el trago, me hubiese hecho muy buen dinero. Pero me conformé acostándome con cuanta mujer alcoholizada pude, nunca en mi vida mi vida sexual fue más activa. En eso, mi pequeña habitación fue muy útil, porque cuando alguna chica ya no quería estar en el revoltijo de mi sala atravesábamos mi cocina-baño y en la habitación no había otro lugar que estar que en la cama, eso de alguna manera me ahorraba ciertos pasos en el cortejo, y no sé que tenía ese diminuto cuarto que hacia que todas las chicas aflojen sus encantos.
Una noche después de una de las habituales parrandas, tuve un sueño muy vívido: soñé que era una mujer joven y gorda que trabajaba en una especie de tienda en la cual mis compañeras de trabajo, todas gordas como yo, se dedicaban a robar los productos de los estantes, yo no me atrevía a robar nada. El sueño era muy cinematográfico, había planos generales, primeros planos, dollys; incluso una de mis compañeras de trabajo era japonesa, y no lo puedo decir con seguridad, pero creo que cuando hablaba tenía subtítulos al español. La dueña del local era una mujer mayor muy arrugada, ella abrió unas grandes puertas de madera y me mandó adentro, luego cerró las puertas detrás de mí. El lugar era un gran baño de azulejos celestes con muchas tinas en las que se bañaban desnudos un montón de hombres obesos, y mi trabajo era separar con unas pinzas unos cotonetes de oídos que estaban en una gigantesca lavacara e irlos entregando a los bañistas, solamente tres para cada uno. A mí me sorprendía tanto sus cuerpos desproporcionados y los observaba morbosamente, realmente disfrutaba estar ahí. Uno de los hombres me dijo que el agua estaba muy caliente y no supe que responderle, le sonreí. De repente alguien golpeaba la puerta de madera fuertemente, era la dueña del local que me decía que abra, que ya era hora de que entren las mujeres a bañarse; intenté abrir la puerta pero esta no se abría, tenía el seguro trabado y yo a pesar de mi esfuerzo no podía hacer nada al respecto, los bañistas empezaron a observarme fijamente y a ponerse nerviosos. La vieja seguía golpeando, cada vez más fuerte. Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. Me desperté desilusionado de no haber podido ver a las gordas desnudas que debieron entrar, me demoré un par de segundos en darme cuenta que ya estaba despierto y volví a escuchar el Toc, toc. Me asusté y al mismo tiempo sentí la resaca en mi boca. Toc, toc de nuevo. ¿Qué chuchas? me pregunté. Después de agudizar el oído me di cuenta de que el sonido venía desde debajo de mi cama; sin levantarme baje la cabeza para ver lo que sucedía y ahí estaba yo frente a frente con una gigantesca rata, casi de mi porte, que movía una lata de atún que se había robado de mi basura. Por un momento la rata me miró directo a los ojos y luego, como si yo no existiese, siguió campante su tarea de sacarle provecho a mis sobras; yo en cambio de un brinco me paré sobre la cama, me asuste muchísimo y mi corazón latía a toda madre. Salté hacia la cocina y agarré la escoba, no tenía un plan para atraparla, sólo quería que salga de mi habitación. Fui al cuarto y la intenté golpear, la rata salió corriendo y se metió en la bodega. Yo la perseguí hasta ahí y vi el centenar de cosas que había en esa bodega y pensé que me demoraría por lo menos un par de días en mover todo ese desorden. También recordé un instante de mi niñez: junto con mis primos, en la casa de mis abuelos, habíamos encontrado un nido de rata; recuerdo que mi primo movió un viejo escritorio y de un hueco en la pared salieron por lo menos una docena de pequeños ratones, matamos a casi todos y fue divertido. Ahora esa idea me parecía repugnante. Decidí definitivamente no mover nada.
Ordené un poco el desorden que había hecho la rata en la cocina, levanté la basura y me di cuenta que el tacho de mis desperdicios estaba ahí, en un rincón, sin nada que lo protegiera de la rata, ni siquiera tenía una tapa. Eché un vistazo a todo el departamento y era un asco, vivía en la inmundicia: todo estaba desordenado y sucio, había botellas y ceniceros por todo el lugar, restos de comida y platos sucios que llevaban semanas ahí. El tener una casa-bar había traído sus consecuencias. Pensé: esto es mi vida.
Salí y compré desinfectante, un poco de madera y tornillos; también compré veneno y queso. Al regresar sentí como se movía la rata en la bodega. Limpié todo, no pude sacar la basura porque el camión que la recogía no pasaría hasta miércoles y era domingo. Pero hice unos arreglos al lugar y pude construir un estante debajo del lavabo para guardar el tacho de la basura, me demoré en eso todo el día. Luego corté el queso en pequeños cuadrados y les introduje esas pequeñas pastillitas azules de veneno y los dejé regados por todo el piso de la cocina. Me fui a dormir; por la noche sentí como la rata pasó por mis pies, creo que por instinto la alcancé a patear y cayó al piso. Me levanté y la ví correr nuevamente hacia la bodega. Asqueado salí de mi habitación y cambié las sábanas. En la cocina vi que ya no estaba el queso con el veneno. Eso me consoló un poco, pero de todas maneras no pude volverme a dormir. Al día siguiente tuve muchos compromisos y me alegré mucho de no tener que pasar el día en casa. Cuando regresé por la noche volví a dejar queso envenenado en la cocina, todavía más tenía que alimentar al monstruo ese. Me acosté y en la mañana volví a despertarme con un ruido debajo de mi cama. Era ella nuevamente, esta vez con una tuza de choclo. La muy hija de puta había convertido mi cuarto en su comedor. La asusté y ella corrió hacia la bodega en una rutina que ya se me estaba haciendo familiar. No había respeto. En la cocina mi nuevo estante de la basura tenía roído un hueco de unos cincuenta centímetros, parecía que hasta había disfrutado haciéndolo. ¿Por qué ese puto veneno no servía? Pasé un par de semanas más con encuentros continuos con la rata. Intentaba atacarla cada vez que la veía pero ella era muy rápida y yo muy cobarde. Finalmente decidí irme de ese repugnante lugar y pasé una semana y media viviendo en casas de mis amigos, no quería regresar; se lo dejaba todo, incluso una gran montaña de veneno que dejé en la bodega. Había empezado mi fobia. Todas las noches soñaba con ratas y ratones. Entraba en pánico cada vez que pensaba que tendría que dormir nuevamente en ese departamento. Y cuando iba a recoger algo de ropa me temblaban las piernas y se me aceleraba el pulso al sentirla detrás de la puerta de la bodega.
Fue Raúl quien me convenció de que no podía dejar que un animal me quitara mi casa, tal vez porque se cansó de que viva con él, tal vez porque quería recuperar su cantina y no veía en mí ninguna intensión de regresar a ella. Así que formamos una tropa de asalto con mis amigos más cercanos: Raúl, Pablo, Gustavo y Dayana. Nos armamos de palos, palas y escobas y fuimos a cazar a la rata. Yo me moría de miedo mientras íbamos retirando los escombros de mi bodega, cuanta basura guardaba ahí. Puse música punkera a todo volumen para crear ambiente adecuado. De repente mi indeseada huésped salió de su escondite y comenzaron los gritos: ¡Ahí está! ¡Pégale, pégale! ¡Ay! ¡Uy! ¡Acá, acá! Se escondió bajo el refrigerador, lo movimos y nuevamente el correteo y los gritos. Nos ubicamos en puntos estratégicos para acorralarla. Yo intentaba mantenerme lo más alejado de la acción, pero la condenada vino corriendo hacia mí y la pateé haciéndola volar un par de metros. Quedó aturdida y Gustavo pudo atraparla entre la pared y la escoba. Todos vimos su cara asustada y hasta un poco tierna. Yo le pasé un martillo a Gustavo y empecé a gritar descontroladamente ¡Mátala, mátala ya! ¡Dale, dale… mátala, mátala ya! Y la música a todo volumen: Charam, charam… charam, charam. Dayana comenzó a gritar también: ¡No la mates, no, pobrecita, no la mates! Y Raúl, Pablo y yo: ¡Mátala, mátala! Bueno: y no se si fue porque Gustavo no tuvo el valor de aplastarle la cabeza con el martillo, o porque Dayana insistió mucho en perdonarle la vida, o porque yo no quería recoger sesos de rata de mi alfombra que a la final Gustavo no la mató. Buscamos una caja y la metimos ahí. Subimos al carro y la fuimos a dejar un par kilómetros lejos de mi casa, en la puerta del garaje de un edificio en medio de una vía transitada, la hubiésemos dejado más lejos pero yo no podía soportar la idea de estar en un carro tan cerca de la rata y les hice parar lo antes posible. Bajamos, la sacaron de la caja y Dayana incluso dejó una zanahoria a su lado. Nos vimos ella y yo por última vez, me miró con unos ojos de enojo, miedo y agradecimiento todo en la misma mirada. Yo solo le deseé que la atropelle un carro, dos semanas después me mudé de ese hueco de mierda.

1 comentarios:

Martín dijo...

Escalofriante...
me encantó lo de la japonesa con subtítulos.
Saludos.