Cuando era niño un amigo de mi padre nos regaló un perro, recuerdo bien cuando lo fuimos a recoger, qué bello animal, un pastor alemán gigante, tenía una cabeza más grande que la mía. A todos nos sorprendió sus antecedentes familiares, era alemán no solo de raza sino de nacimiento, hijo de campeones, estudiado en el extranjero; por eso las órdenes que recibía se le daban eran en alemán: sit, y el perro se sentaba, hand, y el perro te daba la pata. El amigo de mi padre tenía que salir del país, si no jamás se hubiese separado de tan magnífico animal, y el viaje de ese desconocido me convertía en ese momento en el niño más feliz de la tierra. Duffy, era el nombre del perro y yo lo abracé durante todo el regreso a casa.
Aceptamos el perro maravillados y él nos aceptó resignado, supongo, pero nos aceptó. Nuestra casa no estaba acostumbrada a tratar a un animal con clase. No había comida costosa, ni duchas continuas, ni productos caninos, por suerte teníamos un gran patio. El perro perdió su buena pinta en menos de tres meses, en especial por la comida, se le daba una sopa de harina en donde hervían un par de huesos de vaca. Se podía notar a leguas que el perro solo comía esa porquería para no morirse de hambre. La pasó muy mal el pobre, por lo menos mi hermana y yo sí le prestábamos atención y jugábamos con él, por lo cual el perro nos quiso mucho.
El perro era muy manso con las personas, nunca atacó a nadie, pero con perros y otros animales era un completo desquiciado, los atacaba inmediatamente, su anterior dueño por este motivo le había limado los dientes. Esta extrema violencia agregada en la personalidad de nuestro querido Duffy nos trajo muchísimas historias.: atacó a gatos, perros pequeños y grandes, cerdos, gallinas y cualquier cosa que se encontraba. Siempre se peleaba con el doberman del vecino; cada vez que abrimos la puerta el perro salía corriendo y no había alemán que lo detenga, iba hacia la puerta del garaje de la casa de frente y en el espacio de unos quince centímetros, que había entre el piso y la base de la puerta, los dos perros intercambiaban mordiscos. Un día Duffy logró atrapar de un bocado todo el hocico del doberman, como si fuera una trampa para oso, el perro no podía abrir su boca ni defenderse, Duffy no lo soltó por nada, empezó a jalarlo hacia fuera con tal furia que logro que toda la cabeza del otro perro, que también era muy grande, pase por esos quince centímetros y el doberman quedó atrapado con la cabeza en la acera y el cuerpo en el casa. Al vecino le tocó levantar toda esa gran puerta metálica para liberar a su can. Sin duda mi perro, a pesar de su raquítica apariencia y la sarna que ya había adquirido, era el duro del barrio. Y a mí me encantaba, me daba muchísima seguridad pasear por ahí con él. Nadie me jodia, yo vivía en el valle, con muchos potreros en donde había pandillas de perros que me tenían restringido el paso en bicicleta a ciertas calles, me intentaban morder al pasar y en ciertas ocasiones lo habían conseguido, yo era pequeño, era un niño. Y ahora pasara por donde pasara tenía algo de maloliente y sarnoso respeto. Ay, ese perro era lo mejor.
Una vez por ahí jugando a los exploradores con mi padre, mi hermana y el perro hicimos una larga excursión, llegamos a un río y sin pensarlo mucho lo cruzamos, la corriente era algo más caudalosa de lo que esperábamos, y el río empezó a arrastrarnos a todos. A mi padre le costaba mucho sujetarnos a mi hermana y a mí, sentimos miedo; y de repente el perro en un despliegue similar a cualquier Lassie nadó hacia la otra orilla y desde ahí nos intentó sacar. Recuerdo muy bien la gentileza que uso en su hocico mientras me mordía el brazo y me jalaba fuera del río. Ese día el perro comió bien. Todos nos quedamos muy sorprendidos. Esa noche, en cama, pensé mucho en por qué nos entregaba su fidelidad, seguramente no era la comida. También pensé mucho en sus dientes limados, ¿si no hubiesen estado limados talvez me hubiese lastimado al ayudarme? Salí al patio, vi al can dormido y le levanté el hocico para ver sus dientes y sus negras encías, era una bonita y silenciosa noche.A mi hermana y a mí se nos quedó mucho en la cabeza la idea de nuestro heroico can y en nuestra siguiente salida fuimos con todo y perro a la piscina. Y ya estando en el agua mi hermana y yo nos percatamos de lo nervioso que se había puesto Duffy, nos veía desde la orilla de la piscina preocupado, hacia extraños quejidos, pensaba que nuevamente nos íbamos a ahogar. Cada vez que nos sumergíamos el perro se ponía más tenso, ladraba, se quería lanzar al agua, pero no se atrevía, quería sujetarnos pero estábamos demasiado lejos de la orilla, al ver su desconsuelo, mi hermana y yo iniciamos un morboso juego, empezamos a fingir que nos ahogábamos, queríamos probar su fidelidad, queríamos saber si era capaz de lazarse al agua por salvarnos nuevamente. Les deberían hacer algo a gente como nosotros. Después de dudarlo y llorar, el perro se lanzó a la piscina. Ni bien cayó al agua se pudo ver cómo de él se desprendía mugre y muchos puntitos negros que huían y saltaban hacia la orilla. Hubo conmoción en el lugar, a mi hermana y a mí nos retaron y el perro salió de la piscina mojado y humillado.
Duffy no se lo tomó a mal, siguió con su amor incondicional a nuestra familia, a pesar de que cada vez estaba más flaco y se le estaba olvidando el alemán. Un día regresando del colegio lo vi muerto en la acera. Luego nos enteramos que había intentado atacar un vaca, la había lastimado en el muslo, el dueño de la vaca lo mató… Es más fácil cuando te aman bien.
1 comentarios:
pobre doberman. Menuda historia..
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